Irán, Venezuela y la gran estrategia americana que Europa no supo leer
"Quien controla el Heartland controla el World-Island; quien controla el World-Island controla el mundo" Halford Mackinder, 1919.
El error de mirar la batalla y olvidar la guerra
Hay una tendencia casi irresistible en el análisis geopolítico contemporáneo: confundir el escenario con el tablero, el acontecimiento con la estrategia. Cuando Israel ejecutó su operación contra Irán, los titulares se llenaron de imágenes de destrucción, declaraciones de líderes regionales y debates sobre proporcionalidad. Lo que casi nadie analizó fue la pregunta más importante: ¿a quién beneficia realmente este resultado?
La respuesta no está en Oriente Medio. Está en Washington, en Pekín y en el precio del crudo que China ya no puede comprar barato.
No estamos ante una conspiración de manual. Estados Unidos no orquestó cada movimiento con precisión milimétrica. Lo que existía era algo más sofisticado y, en cierto modo, más revelador: una situación final deseada, suficientemente clara para que quienes tomaban las decisiones reconocieran las oportunidades cuando aparecían y las aprovecharan sin necesidad de haberlas fabricado. La diferencia entre un gran estratega y un afortunado improvisador no siempre está en el plan; a veces está en saber qué hacer cuando el plan de otro te regala exactamente lo que necesitabas.
El marco que Washington tenía claro desde el principio
Para entender lo que ha ocurrido hay que leer a Elbridge Colby. Su libro de 2021 The Strategy of Denial no es un texto académico menor: es el manual doctrinal que guía la postura del Departamento de Defensa bajo la actual administración. Colby, hoy número dos efectivo del Pentágono, lleva años argumentando que el único objetivo estratégico que importa es impedir que China consolide una hegemonía regional en el Indo-Pacífico. Todo lo demás, Oriente Medio, Europa, el Ártico, es subsidiario.
Pero para llegar a negociar con China desde una posición de fuerza, Washington tenía que resolver antes tres problemas heredados que lo encadenaban:
El primero lo formuló Mackinder hace más de un siglo: impedir que una potencia continental dominante en Eurasia, en este caso la convergencia entre la industria alemana y la energía rusa pudiera proyectarse globalmente. La guerra de Ucrania, prolongada deliberadamente durante años, ha conseguido exactamente eso. Alemania está en recesión técnica. La desindustrialización alemana es un hecho, no una posibilidad. Rusia ha gastado su potencial ofensivo en las estepas del Donbás. Europa está débil y dependiente, justo cuando Washington necesita negociar sin distracciones en el Pacífico.
El segundo lo anticipó Nicholas Spykman: la amenaza del cerco. A principios de esta década, el panorama para Estados Unidos era inquietante. Europa buscaba autonomía estratégica, Canadá miraba con creciente interés hacia Bruselas, y China había construido una relación de dependencia energética con Venezuela que le proporcionaba crudo barato y presencia en el patio trasero americano. El cerco no era una metáfora: era una arquitectura de influencia que se estaba consolidando pieza a pieza.
El tercero, y el que lo articula todo, es China y el Pacífico. Para sentarse frente a Xi Jinping con algo que ofrecer y algo que retener, Washington necesitaba haber resuelto los dos anteriores. No podías negociar el orden del Indo-Pacífico con el flanco europeo abierto y el hemisferio occidental comprometido.
Lo que Irán y Venezuela cambiaron en el tablero
Analizado con el filtro PMESII, el resultado de la presión sobre Irán es desconcertante si se busca un éxito político o militar convencional. No hay cambio de régimen. No hay liberación de la sociedad civil. Lo que ha ocurrido es que el régimen teocrático iraní ha cedido espacio de poder a la Guardia Republicana, que es más militarista, más opaca y, paradójicamente, más predecible en sus cálculos racionales. Desde la perspectiva de Washington, un Irán dirigido por militares que piensan en términos de interés institucional es menos errático que uno guiado por la escatología revolucionaria.
Pero el efecto que verdaderamente importa no es político ni militar. Es energético e infraestructural.
El Estrecho de Ormuz no es solo una vía marítima: es el cuello de botella por el que transita aproximadamente el veinte por ciento del petróleo mundial. La presión sobre Irán convirtió ese estrecho en una variable de incertidumbre que nadie ignora. Y la consecuencia directa fue que China perdió acceso a dos de sus principales suministradores de crudo subsidiado: Irán primero, Venezuela después.
La caída de Maduro no fue un accidente. Tampoco fue solo consecuencia de las sanciones acumuladas durante años. Fue el resultado de un entorno en el que Rusia, que hubiera podido intervenir de forma decisiva para sostener al régimen, eligió no hacerlo. O más precisamente: no pudo permitirse hacerlo. Con su economía militarizada al límite por el esfuerzo en Ucrania y su reputación estratégica invertida en recuperar influencia en Europa del Este, Moscú no tenía capital político ni logístico para defender a Caracas. El resultado fue que Venezuela dejó de ser un activo estratégico chino en el Caribe.
Aquí entra la pieza que muchos analistas han ignorado: el juego de las tierras raras. Durante años, China utilizó su control sobre los minerales estratégicos como palanca de negociación frente a Occidente, en particular frente a Estados Unidos. Era una ventaja estructural difícil de contrarrestar a corto plazo. Pero esa ventaja se calibra en relación con los costes energéticos. Si China puede obtener crudo barato de Irán y Venezuela, su industria manufactura y exporta a precios competitivos, y el control de las tierras raras se convierte en un multiplicador de poder. Sin ese crudo, la ecuación cambia. El coste energético sube, el margen industrial se comprime, y la palanca de las tierras raras pierde parte de su mordiente.
Al mismo tiempo, Estados Unidos está vendiendo más gas natural licuado y más petróleo que antes del conflicto. Sí, el precio interno ha subido, y eso tiene un coste político doméstico. Pero en el tablero global, Washington ha pasado de ser un actor con opciones limitadas frente a Pekín a convertirse en un proveedor energético relevante para Europa y Asia. Eso es poder de negociación.
Israel: el que creyó mover la pieza
La cuestión más incómoda de este análisis es la que afecta a Israel. Porque si la lectura anterior es correcta, Netanyahu tomó una decisión, acelerar la operación contra Irán, convencido de que compartía con Washington la misma situación final deseada. Y puede que en eso se haya equivocado.
La situación final deseada por Israel era un castigo severo al régimen iraní, idealmente un debilitamiento tan profundo que abriera la puerta a un cambio de gobierno. Lo que ha ocurrido, en cambio, es que Irán ha emergido con una estructura de poder más militarizada, menos ideológica en su fachada y potencialmente más estable en sus cálculos. Eso no resuelve el problema existencial de seguridad israelí; en el mejor de los casos lo congela en condiciones distintas.
Washington, en cambio, obtuvo exactamente lo que necesitaba: un Irán suficientemente presionado para que su capacidad de perturbar el Estrecho de Ormuz se convierta en una variable de negociación, sin necesidad de gestionarlo directamente. Israel ejecutó la operación. Estados Unidos gestionó el resultado.
No hace falta conspiración para explicarlo. Basta con que dos aliados con objetivos distintos se encontraran en un punto de intersección donde la acción de uno servía los intereses estratégicos del otro, aunque no viceversa. Cuando eso ocurre, quien cree que está moviendo piezas puede descubrir tarde que era él la pieza.
Rusia: la cesión de lo que no podía defender
Hay una hipótesis sobre la Cumbre de Alaska que merece ser tratada con rigor antes de descartarla: que, en algún momento, en algún formato, Estados Unidos y Rusia acordaron implícitamente las condiciones de un entendimiento. No un tratado, no una declaración conjunta. Algo más parecido a la geopolítica clásica: cada parte retiró su capacidad de interferencia en el espacio vital del otro a cambio de garantías no escritas.
La versión fuerte de esta hipótesis, que Rusia cedió el Donbás y la reentrada paulatina en los mercados europeos a cambio de no interferir en Venezuela e Irán, es difícil de verificar y probablemente sobreestima el nivel de coordinación explícita. Pero la versión débil tiene sustento en los hechos: Rusia no actuó de forma decisiva para impedir ni la caída de Maduro ni la presión sobre Teherán, en ambos casos momentos en los que habría tenido motivos estratégicos para hacerlo.
La explicación más parsimoniosa no es un acuerdo secreto. Es que Moscú hizo un cálculo frío: sus recursos estaban comprometidos en Ucrania, su economía absorbía sanciones, y defender a Caracas o a Teherán de forma activa habría requerido un capital estratégico que no tenía. La no-interferencia rusa puede ser el resultado de una concesión negociada, pero también puede ser simplemente el resultado de una potencia que cedió lo que no podía defender de todos modos.
El resultado, en cualquiera de los dos casos, es idéntico para el tablero: Rusia está fuera del hemisferio occidental como actor perturbador activo, y eso libera a Washington para concentrarse en el eje que importa.
Taiwán y la geometría del acuerdo que viene
La pregunta que flota sobre todo este análisis es qué ocurre con Taiwán. Y aquí conviene separar dos lecturas posibles que se confunden con frecuencia.
La primera, que algunos han formulado con cierta alarma, sostiene que, si Washington ha construido un entendimiento tácito con Pekín sobre energía y tecnología, Taiwán podría ser la moneda de cambio final. Esta lectura es coherente con la lógica de los grandes acuerdos de potencias, pero choca directamente con la doctrina de Colby, que es precisamente lo contrario: impedir a toda costa que China establezca una hegemonía en el Indo-Pacífico, empezando por hacer que la toma de Taiwán sea militarmente inviable o prohibitivamente costosa.
La segunda lectura, más matizada, es que Taiwán no desaparece de la agenda, sino que cambia de función. Deja de ser el foco de la crisis inmediata y se convierte en la línea roja de la negociación de largo plazo: Washington puede ceder en aranceles, puede abrir canales energéticos, puede dejar que China recupere parte de su suministro, pero Taiwán permanece como el límite que define si el acuerdo es posible o si la competencia es inevitable.
Lo que sí parece claro es que, si la anexión no fuera inmediata y violenta, si China optara por una estrategia de desgaste gradual, de erosión de la autonomía taiwanesa por medios no militares, la respuesta americana sería mucho más ambigua de lo que los compromisos formales sugieren. Obama lo formuló con su doctrina del Leading from behind. Trump lo practica sin formularlo.
Lo que Europa no está viendo
Hay una frase atribuida a Brzezinski que resume el problema europeo con toda la precisión que necesita: el tablero mundial existe, pero hay que saber que estás jugando en él. Europa, en este momento, no lo sabe.
Mientras Bruselas debate sobre autonomía estratégica en abstracto, sobre presupuestos de defensa que se acumulan en promesas incumplidas y sobre una política exterior que tarda años en articular respuestas a crisis que duran semanas, el tablero se ha reorganizado en torno a tres ejes: el eje energético que ahora domina Washington, el eje tecnológico-manufacturero que sigue dominando China, aunque con más fricciones, y el eje militar que Rusia ha comprometido en Ucrania.
Europa está en los tres y no controla ninguno. Es el mercado que todos quieren pero que ninguno necesita respetar estratégicamente porque no tiene capacidad de respuesta autónoma en ninguna de las dimensiones que importan.
La ironía es que el debilitamiento europeo no fue un efecto secundario de las decisiones americanas: era parte del cálculo. Un continente que busca independencia estratégica de Washington es un continente que complica los acuerdos de largo plazo con China y que exige recursos de atención que no están disponibles. Una Europa económicamente fragilizada, políticamente dividida y dependiente en seguridad es, desde la perspectiva de Washington, mucho más manejable.
No es una política hostil hacia Europa. Es simplemente que los intereses de un estado hegemónico en declive relativo y los de un conjunto de estados medianos con aspiraciones de autonomía no son los mismos. Y cuando no son los mismos, el más fuerte define las condiciones.
Hay una frase que cargada de humor negro que ejemplifica la actual situación geopolítica: la Unión Europea juega al parchís, Trump juega al ajedrez, y Xi juega al Go. Es una simplificación, pero captura algo real. Los horizontes temporales son distintos. Los tableros son distintos. Y mientras Europa debate los próximos tres años, hay actores que están moviendo piezas pensando en la próxima generación.
La gran estrategia americana no es perfecta. Tiene fracturas internas, actores con agendas propias y una capacidad de coordinación que dista mucho de la que atribuyen sus críticos más paranoicos y sus admiradores más ingenuos. Pero tiene algo que la mayoría de sus adversarios y aliados no tienen: claridad sobre la situación final deseada. Y cuando sabes a dónde quieres llegar, puedes reconocer las oportunidades cuando aparecen, aunque no las hayas fabricado tú.
Irán no fue un error ni una improvisación. Fue una pieza que encajó donde tenía que encajar. El problema no es que Washington lo haya planeado todo. El problema es que nadie más estaba mirando el tablero.
Autor: Samuel Morales, Cofundador y Consejero Delegado de Ares Consulting and Training


